Philosophicus, 28-11-2014

El
salvadoreño Adolfo es un ejemplo de los beneficios de la agroecología
campesina. Crédito: Jason Taylor/Amigos de la Tierra Internacional
Análisis de Kirtana Chandrasekaran y Martín Drago*
IPS, 28 de noviembre, 2014.- Científicos especializados en cambio
climático emitieron el 2 de noviembre su más reciente advertencia de que
la crisis climática está empeorando rápidamente en varios aspectos.
Prevén que el cambio climático afecte la productividad agrícola, cuya
consecuencia será la afectación de la seguridad y soberanía alimentaria
de muchos países.
¿Adoptarán nuestros gobiernos las medidas urgentes y necesarias para
abordar estas crisis? Tienen una oportunidad en la próxima ronda de
negociaciones de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el
Cambio Climático, que se realizará en Lima, del 1 al 12 de diciembre.
Los campesinos y campesinas como el salvadoreño Adolfo son los principales productores de alimentos hoy en día.
Necesitamos de ellos, y no de la producción industrial, para alimentar
al planeta en el contexto del cambio climático y de la degradación
generalizada de los recursos naturales.
En nuestro planeta, 805 millones de personas padecen hambre crónica y
el sobrepeso y la obesidad afecta a más de 2.000 millones de personas;
65 por ciento de la población mundial vive en países donde el sobrepeso y
la obesidad matan más personas que la desnutrición.
El problema no es la falta de alimentos, sino su distribución desigual. El acceso a los alimentos está definido por la riqueza y el lucro, en lugar de la necesidad. Se promueve el libre comercio por encima del derecho a la alimentación. Como consecuencia de ello, la mitad de los granos del mundo se utilizan para alimentar a animales criados en establecimientos industriales y una proporción importante de cultivos básicos en la alimentación se convierten en agrocombustibles para alimentar autos. Así, las personas hambrientas se quedan sin alimentos para dárselos a los consumidores ricos |
No es el caso de Adolfo y su familia, a pesar de vivir en una zona
que fue devastada por los efectos del cambio climático y las
inundaciones, el Valle Lempa en El Salvador. Él conoce por experiencia
propia que la diversidad agrícola y la conservación en manos campesinas
de las semillas tradicionales son fundamentales para el sustento de los
productores a pequeña escala.
La enorme mayoría de los gobiernos de todo el mundo han ignorado a
los productores a pequeña escala durante décadas, sumiendo a millones de
ellos en la pobreza. Sin embargo, ellos y ellas siguen siendo quienes
producen la mayor parte de los alimentos del mundo, utilizando
variedades tradicionales de semillas y sin recurrir a insumos
industriales.
En África, los campesinos y campesinas cultivan prácticamente todos
los alimentos que se consumen a nivel local. En América Latina, 60 por
ciento de la producción, incluida la carne, proviene de pequeñas fincas familiares. En Asia, centro mundial de la producción de arroz, prácticamente todo el arroz se cultiva en granjas de menos de dos hectáreas.
Aun así, el agronegocio y algunos gobiernos promueven fuertemente la
agricultura industrial (basada en monocultivos, semillas híbridas y
plaguicidas y fertilizantes químicos) como la mejor forma de alimentar
al planeta.
Además, la agricultura industrial es una de las mayores
contribuyentes al cambio climático, debido a su alto consumo de
combustibles fósiles, pesticidas y fertilizantes y a sus impactos sobre
suelos, aguas y biodiversidad. Existe suficiente evidencia de que está
destruyendo los recursos de los que dependemos para producir nuestros
alimentos.
Pero los promotores de la agricultura industrial hacen caso omiso de sus impactos ambientales.
Sabiendo el gran reto que representa el cambio climático, ya que
podría reducir considerablemente la productividad agrícola,
especialmente en los países en desarrollo, otros son los caminos que se
deberían fomentar.
Por otro lado, los defensores de la agricultura industrial la
justifican señalando que debido a la creciente población mundial se
necesitarán producir más alimentos y para ello es necesario aumentar los
rendimientos. Pero sabemos que producir más alimentos y aumentar el
rendimiento no son los únicos retos. De hecho, ya producimos suficientes
alimentos para alimentar a nuestra población actual y futura.
El problema no es la falta de alimentos, sino su distribución
desigual. El acceso a los alimentos está definido por la riqueza y el
lucro, en lugar de la necesidad. Se promueve el libre comercio por
encima del derecho a la alimentación.
Como consecuencia de ello, la mitad de los granos del mundo se
utilizan para alimentar a animales criados en establecimientos
industriales y una proporción importante de cultivos básicos en la
alimentación se convierten en agrocombustibles para alimentar autos.
Así, las personas hambrientas se quedan sin alimentos para dárselos a
los consumidores ricos.
Para erradicar el hambre es imprescindible aumentar los ingresos de
los sectores empobrecidos y contribuir a que los productores y
productoras de alimentos a pequeña escala puedan mantener sus modos de
vida, para alimentarse y alimentar al mundo de forma sustentable.
Pero la salida estructural al hambre y la pobreza se encontrará
construyendo la soberanía alimentaria de los pueblos. Es decir, “el
derecho de los pueblos a alimentos nutritivos y culturalmente adecuados,
producidos de forma sostenible y ecológica, y su derecho a decidir su
propio sistema alimentario y productivo”, resume la Declaración de Nyéléni con que concluyó el Foro Mundial por la Soberanía Alimentaria, realizado en Malí en 2007.
Para ello, es imprescindible: que el control de los sistemas y
políticas agroalimentarias recaiga en aquellos que producen, distribuyen
y consumen alimentos, en lugar de en los mercados y las corporaciones;
priorizar las economías y los mercados locales y nacionales; fomentar la
sostenibilidad ambiental, social y económica de la producción, la
distribución y el consumo; y garantizar el derecho de los productores de
alimentos al acceso y la gestión de la tierra, las aguas, las semillas y
la biodiversidad en general.
“La Soberanía Alimentaría supone nuevas relaciones sociales libres de
opresión y desigualdades entre hombres y mujeres, pueblos, grupos
raciales, clases sociales y generaciones”, destaca también la Declaración de Nyéléni.
La soberanía alimentaria incluye el derecho a la seguridad
alimentaria. Pero un país que se centra solamente en lograr la seguridad
alimentaria no distingue de dónde provienen los alimentos ni las
condiciones en las que se producen y distribuyen.
Los objetivos nacionales de seguridad alimentaria a menudo se logran
mediante la producción de alimentos en condiciones de destrucción del
medio ambiente y de explotación social que destruyen a los productores
locales de alimentos, mientras benefician a las empresas del
agronegocio.
En los últimos años, varios organismos de las Naciones Unidas han reconocido que la agroecología es la forma más eficaz para combatir las crisis alimentaria, ambiental y de pobreza. Un análisis de la agroecología, realizado en 2011, evidenció que tiene el potencial de duplicar la producción de alimentos en 10 años.
Hasta una fracción de dicha ganancia puede disminuir
considerablemente el hambre en el mundo. Las pruebas son claras, pero
cambiar el sistema agroalimentario mundial es difícil.
Para hacer frente a este desafío surgió el movimiento por la
“soberanía alimentaria”; que cuenta con el respaldo de más de 300
millones de mujeres y hombres, productores de alimentos a pequeña
escala, consumidores y activistas por la justicia ambiental y los
derechos humanos, entre otros.
El poder de las empresas de semillas y plaguicidas como Monsanto y
Syngenta, de supermercados gigantes como Wal-Mart y de empresas
productoras de granos como Cargill ha crecido tanto que ejercen mucha
influencia en las políticas agroalimentarias nacionales y globales. Esto
asegura que el agronegocio reciba miles de millones de dólares en
subvenciones y apoyo normativo.
Acabar con el hambre en el mundo está a nuestro alcance, pero se
necesita una transformación fundamental del sistema agroalimentario
mundial: un cambio radical de la agricultura industrial a la
agroecología para la soberanía alimentaria.
Esta transformación sin duda tendría repercusiones muy positivas en
la crisis climática: menos agricultura industrial y más producción
agroecológica equivalen a menos emisiones de carbono, algo fundamental
para protegernos del cambio climático.
Adolfo y millones de productores y productoras como él están en la
primera línea de esta transformación y los líderes mundiales deben
brindarles mucho más apoyo -a nivel de la ONU, así como en el plano
nacional y local- si se proponen seriamente solucionar las crisis
climática y alimentaria.
__*Kirtana Chandrasekaran y Martín Drago coordinan el programa de Soberanía Alimentaria de Amigos de la Tierra Internacional.
(Las opiniones de este artículo corresponden a sus autores y no representan necesariamente las de IPS, ni pueden atribuírsele)
Editado por Estrella Gutiérrez