Un día como hoy 22 de junio, a 184 años de camino histórico en esta América Nuestra de cada día, se celebraba en este magno Salón Capitular del antiguo Convento de San Francisco la reunión inaugural del sueño de la unidad latinoamericana: el Congreso Anfictiónico, convocado por El Libertador un 7 de diciembre de 1824.
En su convocatoria diría Bolívar: “El día que nuestros plenipotenciarios hagan canje de sus poderes, se fijará en la historia diplomática de América una época inmortal. Cuando después de cien siglos, la posteridad busque el origen de nuestro derecho público y recuerden los pactos que consolidaron su destino, registrarán con respeto los protocolos del Istmo. En él encontrarán el plan de nuestras primeras alianzas, que trazará la marcha de nuestras relaciones con el universo. ¿Qué será entonces el Istmo de Corinto comparado con el de Panamá?”...
La anfictionía de la América Hispana, en Bolívar, estuvo desde sus orígenes enlazada con la necesidad de afianzar las conquistas alcanzadas en el campo de la guerra liberadora. Se vinculaba así, a la defensa de nuestros intereses comunes frente a las potencias que amenazaban con recuperar sus dominios perdidos en el Nuevo Continente; al robustecimiento de la amistad entre los nuevos Estados, y a fundamentar sobre sólidas bases la posesión del territorio y las relaciones internacionales. Fue desde este ángulo un acto necesario en la “Hoja de Ruta” de la lucha independentista de nuestros países; pero también, una visual adelantada de integracionismo continental, concebido bajo los principios de la creación de Estados-Naciones libres, de la igualdad de condiciones en las relaciones entre países, del mutuo apoyo a las soberanías nacionales y de la solidaridad americana. Todo lo contrario a la visión “panamericanista”, levantada también por ese entonces con raíces en la Doctrina del “Destino Manifiesto”, que cambiaba un patrón de colonialismo por otro.
¿Qué rumbo tomó este magno cónclave?... Paraguay, víctima de la tiranía de José Gaspar Rodriguez de Francia se encontraba aislado de todo contacto exterior, sumido en la autarquía. Uruguay no figuraba como Estado independiente. Chile estaba al borde del caos y la anarquía; recordamos que O’Higgins, revolucionario promotor del ideal anfictiónico había sido desplazado por el poder de los latifundistas a causa de sus medidas anticlericales. Los gobernantes de las Repúblicas Unidas del Río de la Plata, presididos por Bernardino Rivadavia, comerciante porteño que se opusiera a la campaña de José de San Martín contra los realistas del Perú, nunca fueron proclives a la invitación; y en la propia Bogotá avanzaba ya, con pies de hierro, la más alta conspiración contra El Libertador. Entre los que asistieron, Perú presentó un proyecto de pacto o confederación americana, en tanto que la Gran Colombia, los Estados Unidos Mexicanos y Centroamérica presentaron otro, resultando finalmente unos tratados que nunca fueron sancionados por ningún gobierno. En otras palabras, disensiones entre países hermanos, problemas internos en las repúblicas recién nacidas, tirantez entre los delegados, conspiraciones de las potencias expansionistas; todo se sumó para que las cosas no ocurrieran en la forma como se habían concebido. Quizás el mayor triunfo fue el de lograr poner bajo un mismo techo, la diversidad de problemáticas que se derivaban de nuestras independencias de la colonia, encendiéndose desde ese entonces una antorcha que, si bien no ha llegado aún a su meta, no ha dejado por tanto de iluminar el encuentro y el diálogo sobre nuestros problemas y soluciones, en el convulsionado andar de la historia continental.
Mucho se ha analizado este resultado desde diversos planos del conocimiento político. Nos interesa sin embargo, en la ocasión de celebrar el Bicentenario, abordarlo desde la perspectiva de los fenómenos complejos que envolvían el nacimiento de nuestras repúblicas; de las fortalezas y debilidades que presentaba la construcción de los Estados Nacionales; de la formación de una conciencia nacional, especialmente en la sociedad esclava y feudal de América; de la herencia estructural política, económica y social que transfería la colonia a la revolución liberal. El fondo de la discusión es que, para que hubiese integración de naciones, primero tenían que existir las naciones y la edificación de Estados con pleno goce de su independencia y soberanías nacionales.
Si se entiende por “nación” aquella comunidad histórica de personas caracterizadas por una estable comunión de vida económica, de idioma, territorio y carácter nacional que se manifiesta en las peculiaridades de la cultura y del régimen de vida de la colectividad, el Estado-nación es entonces el instrumento básico de poder político que da organicidad a dicha comunidad, bajo un orden que expresa por lógica sistémica, a su clase social dominante. La nación no es así, un simple concepto académico; sino un fenómeno histórico-concreto que se produce como resultado de determinadas condiciones de la sociedad. Específicamente surge en el periodo de la liquidación del fraccionamiento feudal y del desarrollo de las relaciones capitalistas, cuando se fortalecen los nexos económicos entre diversas zonas y se forma en el seno del territorio un mercado extenso y único.
Preceden a la nación las comunas y se va formando por la unión de diferentes etnias, mediante la conectividad y dinámica que ofrecen los flujos del llamado “mercado nacional”. La circulación de mercancías es así, un proceso vital para forjar las bases de la nación; y como los dirigentes de este intercambio son los mercaderes capitalistas ‒no lo señores feudales, ni el campesinado‒, la formación de los vínculos nacionales será fundamentalmente la de los vínculos que establezcan los “burgueses”, o sea la nueva clase desafiante del andamiaje feudal. Desde este punto de vista, el nuevo Estado, que debe transformar la hegemonía económica de la clase ascendente en hegemonía política, desempeñará un papel irremplazable en la consolidación de la nación.
Con estas premisas de fondo, es preciso recordar que la historia de la colonia hispánica estuvo siempre dominada por los remanentes de la organización feudal de la sociedad europea. José Carlos Mariátegui nos describe con gran precisión la característica de este proceso, en su monografía “El problema de la tierra” (1928). Dice:
“Mientras en Norteamérica la colonización depositó los gérmenes de un espíritu y una economía que se plasmaban entonces en Europa y a los cuales pertenecía el porvenir, a la América española trajo los efectos y los métodos de un espíritu y una economía que declinaban ya y a los cuales no pertenecía sino el pasado”.
Más adelante nos agregará que España, después de la epopeya de la conquista, no nos mandó casi nobles, sino clérigos y villanos; con lo cual difícilmente se creaban los antecedentes de una consistente sociedad burguesa. El hecho indiscutible es que el colonialismo español no llegó a nuestras tierras para formar una comunidad económica de desarrollo, sino para extraer materia prima y productos con destino a Europa.
Bolívar en su “Discurso de Angostura” no le escatima palabras a esta dura dificultad del pasaje colonial:
“Nuestra suerte [dice] ha sido siempre puramente pasiva, nuestra existencia política ha sido siempre nula y nos hallamos en tanta más dificultad para alcanzar la Libertad, cuanto que estábamos colocados en un grado inferior al de la servidumbre; porque no solamente se nos había robado la Libertad, sino también la tiranía activa y doméstica”.
Esta “tiranía activa y doméstica”, para Bolívar, era de primordial importancia en la formación de una casta dirigente política organizadora; pues debía darnos la posibilidad de conocer el curso de los negocios públicos y “el brillo del poder” tan importante para las revoluciones. Así, concluía manifestando:
“Uncido el pueblo americano al triple yugo de la ignorancia, de la tiranía y del vicio, no hemos podido adquirir ni saber, ni poder, ni virtud”.
En estas circunstancias era difícil pues la constitución de una burguesía con capacidad real de organizar una nueva sociedad. No estaba suficientemente formada como clase social, ni como cuerpo dirigente para aplicar los principios del ideario liberal. No podía tener clara conciencia clasista del interés económico nacional, cuando el intercambio mercantil tenía la preferencia de los centros de Europa, dejando en el olvido a las comunas y ciudades de los extensos territorios continentales; ni podía establecer la armonía adecuada entre el ideario profesado y la doctrina política y jurídica seguida, siendo como era, huérfana de toda praxis institucional colonial. Había sí, grupos de mercaderes, rasgos vivientes de burgueses, personajes iluminados, pero no una clase social orgánicamente consumada. Mariátegui señala incluso la situación de producirse muchos casos de colaboración entre la nobleza terrateniente y la burguesía comerciante, en lugar del conflicto lógico de clase correspondiente a la naturaleza de la lucha anticolonial. Únicamente los más avanzados representantes burgueses, los revolucionarios ilustrados veían por ejemplo en el campesinado, el indígena y el afro-descendiente esclavo, una fuerza social aliada decisiva para despojarse del yugo colonial; sabían que sin ellos, la guerra independentista no llegaría jamás al corazón de nuestros territorios… Aún así, el reto para los nuevos Estados era inequívoco: una república sólo era posible constituirse sobre los principios liberales y burgueses, por el curso que llevaba la historia.
Otro problema de la intrincada situación del nacimiento de los nuevos Estados era la territorialidad. La formación económico-social feudal implantada por la colonia, en la que coexistían la feudalidad y la esclavitud, una presidiendo la explotación de la tierra, otra la explotación minera, y ambas produciendo para el mercado europeo ‒lo cual dejaba muy pocos remanentes de intercambio interno‒, representaba una base estructural visiblemente débil para integrar los extensos territorios del continente, dominados por escabrosos accidentes geográficos y poblaciones esparcidas. Aún en nuestros días es una realidad incongruente la gran dispersión poblacional territorial, marcando amplias zonas marginales donde gravita el intercambio no capitalista que rema contra la integración nacional.
Completaría para terminar, este cuadro situacional, el problema social de la colonia. Éste tampoco abonó los surcos para forjar sólidos Estados Nacionales. La colonia creó una estratificació n social compleja. La feudalidad se caracterizó por el latifundio y la servidumbre, rasgos que aún perduran en nuestros tiempos, siendo responsables del retardamiento del desarrollo capitalista. Pero la actividad primaria fue la extracción del metal precioso, lo que se hizo bajo los patrones de un estado de esclavitud que diezmó a la población nativa y trajo en su reemplazo al originario africano.
José Esteban Echeverría, estudiando la revolución Argentina hace una clasificación interesante de clases en su trabajo “Antecedentes y primeros pasos de la revolución de mayo”, donde explica la complejidad social del momento. En lo alto de la cúspide ‒dice‒ estaba la “aristocracia” formada de terratenientes, “togados” y “mandones”, compuesta de españoles y algunos pocos americanos; luego estaban los “enriquecidos”, integrados por industriales y comerciantes; más abajo los “Cholos”, formados de artesanos y proletarios de todo género; y por último, la “casta esclava” de indios y africanos, que tenían una existencia “extra-social”. Entre éstas, la primera “gozaba sin producir y tenía el poder y fuero del hidalgo”, la segunda era la que “se sentaba en los cabildos”, mientras que la tercera se dedicaba al simple trabajo manual. Sólo los descendientes americanos de las dos primeras tuvieron oportunidades de alguna educación en América o en la Península, en tanto que de las dos últimas, muy pocos o ninguno vio la luz de la educación. Es legítimo concluir entonces, que de las dos primeras surgieron los que levantaron el ideario de la revolución.
El pueblo iletrado, esa gran mayoría tan necesaria a la revolución significó así un punto de la mayor preocupación en El Libertador, al encarar las repúblicas. En su “Discurso de Angostura” expresa diáfanamente el problema que lo estremecía.
Por el engaño [dice] se nos ha dominado más que por la fuerza; y por el vicio se nos ha degradado más bien que por la superstición. La esclavitud es la hija de las tinieblas; un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción”…
Más adelante recordará la máxima de Rousseau: “La libertad es un alimento suculento, pero de difícil digestión”; con la cual termina concluyendo: “Nuestros débiles conciudadanos tendrán que enrobustecer su espíritu mucho, antes que logren digerir el saludable nutritivo de la libertad”.
Este enfoque nos revela, sin entrar en muchos por menores, la deriva que tomaría la construcción de nuestros Estados Nacionales. El imaginario del Estado en Bolívar representaba más, en esa realidad, una vigorosa alternativa de “luces largas” en un campo de intensa lucha ideológica y política por la forma y contenido del Estado Moderno, que el fruto de un poder consumado. Esta batalla se percibe ya, en todos sus contornos, desde la aparición del “Manifiesto de Cartagena”, documento crítico sobre los errores que produjeron la caída de la I República venezolana, a mediados de 1812. ¿En el trasfondo, qué había? … Pues habían Estados por hacer, para consolidar naciones en procesos de ser; y la pregunta era: ¿Qué Estado queríamos, para la nación que aspirábamos?. .. Las respuestas encontraban, a no dudarlo, el más profundo eco en los nuevos intereses de clase o grupos de clase surgidos de la revolución.
Entre el Estado republicano y el monárquico, Bolívar escoge la forma del Estado republicano democrático; entre la organización federal y la unitaria, escoge la unitaria, y entre las variantes de una sociedad liberal o una sociedad autoritaria, escoge la liberal burguesa, la más avanzada del momento. En su “Discurso de Angostura” se enorgullece de que Venezuela se constituya en una República Democrática, al mismo tiempo que objetará el Estado Federal, porque lo encuentra débil y complicado para regir las circunstancias difíciles y delicadas de la república naciente.
Sobre su visión de gobierno, las palabras en Angostura definen con precisión su revolucionario planteamiento:
“El sistema de gobierno más perfecto [explica] es aquel que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política”. [Y agrega], “sus bases deben ser la soberanía del pueblo, la división de los poderes, la libertad civil, la proscripción de la esclavitud, la abolición de la monarquía y de los privilegios. Necesitamos de la igualdad para refundir, digámoslo así, en un todo, la especie de los hombres, las opiniones políticas y las costumbres públicas”.
Sobre la concepción del Estado, puntualizaríamos sólo cuatro aspectos cardinales de su pensamiento:
Primero, Bolívar le da un alto relieve al principio de ser auténticos, de ser legítimos, de no ser importadores de recetas, si bien no desdeña el legado del conocimiento universal. “Que no se pierdan las lecciones de la experiencia ‒manifiesta‒, y que las escuelas de Grecia, de Roma, de Francia, de Inglaterra y de América nos instruyan en la difícil ciencia de crear y conservar las naciones con leyes propias, justas, legítimas y sobre todo útiles; no olvidando jamás que la excelencia de un gobierno no consiste en su teoría, en su forma, ni en su mecanismo, sino en ser apropiado a la naturaleza y al carácter de la nación para quien se instituye”… Como paréntesis, a la vez que recomendaba a los Representantes del Congreso el estudio de la Constitución Británica, también les advertía que con ello estaba muy lejos de proponerles “su imitación servil”.
Segundo, el concepto de “Estado Democrático” no debía significar nunca una apertura a la anarquía, sino a un nuevo orden frente al viejo orden feudal. En el Manifiesto de Cartagena hay un pasaje claro en el que alude al “democratismo” desbocado y hasta demagógico que se introduce en el sistema federal, lo cual conspiró contra la República, cuando ésta apenas saltaba las etapas de un Estado al otro. Y razón había: “Generalmente hablando ‒escribió‒, todavía nuestros conciudadanos no se hallan en aptitud de ejercer por sí mismos ampliamente sus derechos; porque carecen de las virtudes políticas que caracterizan al verdadero republicano; virtudes que no se adquieren en los gobiernos absolutos, en donde se desconocen los derechos y los deberes del ciudadano”.
Tercero, en Bolívar el fundamento de toda igualdad radicaba en el imperio de la Ley. “La naturaleza hace a los hombres desiguales en genio, temperamento, fuerzas y caracteres ‒nos señala‒. Las leyes corrigen esta diferencia, porque colocan al individuo en la sociedad para que la educación, la industria, las artes, los servicios, las virtudes, le den una igualdad ficticia, propiamente llamada política y social”.
Cuarto, la educación y la virtud, dos conceptos que se asocian como columnas hermanas en la construcción del nuevo Estado, cautivan su mayor atención. Y es que estaba claro que las reliquias de la dominación española dominarían todavía largo tiempo. “El contagio del despotismo ha impregnado nuestra atmósfera” decía… “Nuestras manos ya están libres, y todavía nuestros corazones padecen de las dolencias de la servidumbre”.
Este suceso no ayudaba, efectivamente, a la formación de un gobierno estable que requería la base de un espíritu nacional, de una nueva cultura capaz de garantizar el desarrollo económico social y el equilibrio entre los poderes instituidos. “El progreso de la luces es el que ensancha el progreso de la práctica ‒anota en un párrafo del Discurso de Angostura‒, y la rectitud del espíritu es la que ensancha el progreso de las luces. (…). Moral y luces son los polos de una República; moral y luces son nuestras primeras necesidades. (…). Renovemos en el mundo la idea de un pueblo que no se contenta con ser libre y fuerte, sino que quiere ser virtuoso”.
Al concepto y práctica de la “Virtud”, Bolívar le dedica numerosas páginas. Sabía que una de las lacras heredadas del pasado eran los grandes vicios modelados sobre el espíritu de la servidumbre y la esclavitud por un lado, y el espíritu corrupto de un poder monárquico ausente de nobleza por el otro. Sobre esta materia soy un convencido, que en su mente, estuvo viva la premisa socrática de ver representada en la “Virtud” la sabiduría, el valor, el autocontrol y la justicia, atributos que según los antiguos filósofos permitían al ciudadano helénico tomar las mejores acciones, al distinguir entre el vicio y la moralidad, entre el bien y el mal.
El histórico “Discurso de Angostura” cierra con un vibrante llamado a los Congresistas venezolanos:
“Dignaos conceder a Venezuela un gobierno eminentemente popular ‒exclama‒, eminentemente justo, eminentemente moral, que encadene la opresión, la anarquía y la culpa. Un gobierno que haga reinar la inocencia, la humanidad y la paz… que haga triunfar, bajo el imperio de leyes inexorables, la igualdad y la libertad”.
Creo que con estas palabras, Bolívar no solo presentaba los últimos votos de su corazón; también afirmaba la visión de un Estado que iría muy lejos en el tiempo, porque se adelantaba a la época de una América, que como él mismo la describe en la “Carta de Jamaica”, no estaba preparada para desprenderse de la metrópoli como súbitamente sucedió. En efecto, había en este Estado un contenido democrático social, que sólo podían haberlo inspirado los más iluminados jacobinos franceses y socialistas utópicos del momento… Y bien; conocido es que en la coyuntura perdió la batalla; pero no así una guerra, que aún está por ganar.
Qué sucedió que tan extraordinaria visión pudo ser enterrada el momento, para que volara en el tiempo?...
Las condiciones creadas por las abdicaciones de Bayona en 1808 y por la inicua guerra que la Regencia declara al continente, sublevan crecientemente las comunas y ciudades en forma de cabildos y rebeliones de masas. Este proceso incorporó vastas capas de pobladores a la causa revolucionaria, aun cuando aparecieran en su seno grupos de terratenientes como abanderados del mismo. Así se forma una situación revolucionaria que une a criollos latifundistas y burgueses, a artesanos y proletarios, quienes se lanzan a la lucha contra el dominio monárquico colonial bajo la dirección de los revolucionarios liberales.
Sin embargo, otro alineamiento de intereses se formaría luego de alcanzada dicha etapa. La crisis revolucionaria que inaugura la formación de los nuevos Estados, fue dominada paulatinamente por una alianza integrada de latifundistas rentistas y mercaderes burgueses vinculados al comercio extranjero. La falta de una dirección de Estado con la consistencia y sostén de una clase burguesa compacta, dueña de un proyecto consensuado de nación no llegó; de tal modo que aún estando con las riendas del poder, por haber comandado la guerra, sus dirigentes no lograron imponer el orden necesario, produciéndose una situación de permanente anarquía política e inestabilidad de las instituciones.
Una nueva clase de godos, que como lo advierte José Carlos Mariátegui, no era una clase de capitalistas sino una clase de propietarios, se entronizó intensamente en la dirección del Estado, ganando hegemonía. También el poder ejercido por los militares de la revolución derivó, a falta de dirección, hacia el caudillismo, que no podía sustraerse a los intereses vigentes en contraste. Como lo explica el ya citado intelectual peruano, este elemento “se apoyaba en el liberalismo inconsistente y retórico del demos urbano o el conservadurismo colonialista de la casta terrateniente”. Así, un poder conservador formado por neo-godos y apoyados en la fuerza de caudillos militares, dominó finalmente los destinos de las repúblicas, que conservaron de la colonia los vicios, olvidando de la revolución sus virtudes.
Los anacronismos del desarrollo que sigue, están indeleblemente escritos en las huellas de nuestra historia del Siglo XIX y XX; y sus efectos llegan sin dudas hasta nuestros días. Guerras civiles, golpes de Estado, guerras entre países hermanos, analfabetismo, pobreza, represión, expoliación de nuestros recursos; éstos y más llenan las páginas de nuestro pasado y presente, y hablan por sí solos del sinuoso sendero recorrido. Un sendero colmado de adversidades, pero también de sueños, muchos de los cuales ‒parodiando los versos al Becerrero del bardo venezolano Simón Díaz‒, se nos han caído de la hamaca al anunciarse la madrugada.
Sin embargo, el cauce de los ríos no solo madura por el correr de sus aguas tranquilas; también su lecho madura con los golpes de sus violentas avenidas… Hoy día tenemos naciones; nadie puede negarlo. Y hemos logrado prácticamente eliminar el colonialismo en casi en todo el continente, aunque es justo reconocer que no hemos culminado el proceso de nuestra verdadera independencia, porque el neocolonialismo domina aún la casi totalidad del territorio latinoamericano.
Se han logrado construir las identidades nacionales, además de una identidad continental que nos hace solidarios y una conciencia social que nos define horizontes. Pero perduran más los vicios que las luces; y el Estado oligárquico liberal, que ha presidido nuestros destinos hasta el presente está en una crisis agónica estructural. Su modelo llegó al agotamiento por lo que no está en capacidad de realizar las altas metas del desarrollo, que marca el complejo mundo del Siglo XXI.
Creo que tres serían los ejes primordiales, en la ingeniería que requiere una segunda y definitiva descolonizació n:
1. La formación de nuevos Estados democráticos nacionales, participativos y pluralistas, no excluyentes ni exclusivos, los cuales deben cumplir con las tareas nacionales inconclusas de los 200 años de vida republicana y con las nuevas planteadas por la realidad contemporánea, particularmente las que garantizan la equidad social de la riqueza, la igualdad de los derechos y la dignificación del trabajo. Hablamos de un Estado policlasista, bajo una nueva hegemonía de fuerzas, destinado a enarbolar la divisa bolivariana de dar la mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política.
2. La apuesta por un proyecto político integrador latinoamericano como base de alcanzar plenamente la emancipación del subcontinente. Hablamos de un proyecto político, que debiera comenzar por alcanzar una sola voz latinoamericana ante el resto del mundo en los problemas que afectan al continente latinoamericano y en los problemas más importantes que tiene la humanidad. Una voz que como expresión de cientos de años de lucha por recuperar su dignidad y su porvenir, debiera estar en contra de todo tipo hegemonismo mundial y por el respeto entre las naciones, basado en los principios de la coexistencia pacífica.
3. La apuesta por un proyecto económico integrador en la orientación estratégica de hacer de Latinoamérica una potencia económica con características propias. Un proyecto basado en un modelo socioeconómico que abrigue el interés legítimo de las inmensas mayorías y garantice las soberanías nacionales, la igualdad de condiciones, la complementariedad económica, la solidaridad y la sostenibilidad ambiental del desarrollo.
Es un reto inmenso y no fácil en el laberinto del Planeta en crisis. Pero nada nos impide afrontarlo cuando tenemos historia y naciones, territorio y riquezas naturales, capital humano y creciente tecnología. A pesar de todos los miles de escollos que enfrentó el Siglo XIX, Martí pudo decir en su tiempo: “De factores tan descompuestos, jamás, en tan breve tiempo histórico, se han creado naciones tan adelantadas y compactas”.
“Abramos la historia; y por lo que aún no está escrito, lea cada uno en su memoria”, dijo el Maestro Simón Rodriguez… También dijo: “La América Española es original. Originales han de ser sus instituciones y su gobierno. Originales sus medios de fundar uno y otro. ¡O inventamos o erramos!...
Manuel F. Zárate P.
22 de junio de 2010, Año del Bicentenario
Discurso Magistral de la Sesión Solemne en el Salón Capitular del Congreso Anfictiónico, organizado por la Sociedad Bolivariana de Panamá.