
César Lévano
Razón Social
En momentos en que arrecia una lid electoral en que la derecha recurre a sus armas de siempre: la intolerancia, el odio y la mentira, es grato evocar la imagen de Raúl Porras Barrenechea, el maestro que nos dejó hace 50 años.
Porras fue el último gran liberal del Perú y uno de los hombres que mejor estudió y comprendió nuestra historia, sus grandezas y sus miserias, sus dolores y sus esperanzas, su diversidad variopinta y su vocación de unidad.
Fue liberal, no en el sentido individualista, egocéntrico y rapaz del neoliberalismo, sino en el de comprensión y tolerancia. De allí su posición en la conferencia de cancilleres de Costa Rica, convocada por el adalid del imperio John Foster Dulles, específicamente para condenar a la naciente revolución cubana. Era Manuel Prado el presidente de turno. Sabedor de que Porras, entonces canciller del Perú, estaba muy enfermo, casi agónico, Prado había decidido enviar a la cita a Guillermo Hoyos Osorio, un hombre cuyas simpatías por el fascismo están documentadas. Enterado de la maniobra, en un gesto de generosidad sacrificio y coraje típico en él, Porras decidió emprender el viaje.
En el memorable discurso que pronunció en Costa Rica defendió la permanencia de Cuba en la Organización de Estados Americanos. Un gesto precursor que ahora tiene consenso entre los países de América latina y el Caribe. Algo más, previó que un aislamiento de Cuba conduciría a ésta a buscar aliados fuera del continente.
Porras fue un estudioso precoz. Casi adolescente, entró a trabajar en la Biblioteca Nacional, donde se le encargó el ordenamiento y clasificación de periódicos y folletos. El azar en la historia: Jorge Basadre, casi un niño, seis años menor que Porras, trabajó al lado de su joven amigo, también estudiante de la Universidad
Alguna vez me contó Basadre que el trabajo que cumplieron en la Biblioteca fue abrumador. Durante la ocupación bestial de ese recinto sagrado, las tropas Chilenas habían arrumbado folletos, diarios y revistas como quien arroja basura a un muladar.
En su biblioteca que donó a la Biblioteca Nacional se podían encontrar huellas del historiador. Con su letra diminuta pero legible –“éramos pobres, teníamos que ahorras fichas”, me explicó Basadre– trazó un camino en que palpita la pasión por el Perú. La historia de un siglo de periodismo que publicó en mundial en 1921, sus indagaciones sobre Garcilaso o el Ollanta, su caudal de estudios en defensa del territorio patrio financiados con su peculio en bibliotecas, librerías, librerías de lance y archivos de Lima, Cusco, Sevilla, París, en todo el mundo.
Intelectual de altísimo quilates, peruano profundo, profesor incansable, artista de la palabra, fue, sobre todo, un hombre honrado que honró al Perú.
Porras fue el último gran liberal del Perú y uno de los hombres que mejor estudió y comprendió nuestra historia, sus grandezas y sus miserias, sus dolores y sus esperanzas, su diversidad variopinta y su vocación de unidad.
Fue liberal, no en el sentido individualista, egocéntrico y rapaz del neoliberalismo, sino en el de comprensión y tolerancia. De allí su posición en la conferencia de cancilleres de Costa Rica, convocada por el adalid del imperio John Foster Dulles, específicamente para condenar a la naciente revolución cubana. Era Manuel Prado el presidente de turno. Sabedor de que Porras, entonces canciller del Perú, estaba muy enfermo, casi agónico, Prado había decidido enviar a la cita a Guillermo Hoyos Osorio, un hombre cuyas simpatías por el fascismo están documentadas. Enterado de la maniobra, en un gesto de generosidad sacrificio y coraje típico en él, Porras decidió emprender el viaje.
En el memorable discurso que pronunció en Costa Rica defendió la permanencia de Cuba en la Organización de Estados Americanos. Un gesto precursor que ahora tiene consenso entre los países de América latina y el Caribe. Algo más, previó que un aislamiento de Cuba conduciría a ésta a buscar aliados fuera del continente.
Porras fue un estudioso precoz. Casi adolescente, entró a trabajar en la Biblioteca Nacional, donde se le encargó el ordenamiento y clasificación de periódicos y folletos. El azar en la historia: Jorge Basadre, casi un niño, seis años menor que Porras, trabajó al lado de su joven amigo, también estudiante de la Universidad
Alguna vez me contó Basadre que el trabajo que cumplieron en la Biblioteca fue abrumador. Durante la ocupación bestial de ese recinto sagrado, las tropas Chilenas habían arrumbado folletos, diarios y revistas como quien arroja basura a un muladar.
En su biblioteca que donó a la Biblioteca Nacional se podían encontrar huellas del historiador. Con su letra diminuta pero legible –“éramos pobres, teníamos que ahorras fichas”, me explicó Basadre– trazó un camino en que palpita la pasión por el Perú. La historia de un siglo de periodismo que publicó en mundial en 1921, sus indagaciones sobre Garcilaso o el Ollanta, su caudal de estudios en defensa del territorio patrio financiados con su peculio en bibliotecas, librerías, librerías de lance y archivos de Lima, Cusco, Sevilla, París, en todo el mundo.
Intelectual de altísimo quilates, peruano profundo, profesor incansable, artista de la palabra, fue, sobre todo, un hombre honrado que honró al Perú.