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El drama de la depredación del planeta, que puede llevar a la desaparición de la especie humana, ayuda a comprender la defensa que en el Perú hacen de la tierra los indígenas amazónicos, una causa compartida mundialmente.
Unos 600 desastres naturales ocurren cada año en el planeta, afectando a más de la mitad de la población mundial con sequías, inundaciones, terremotos, erupciones volcánicas, ciclones o deslizamientos de tierra. Uno de las más recordados ocurrió en mayo pasado cuando el ciclón Nargis atravesó el sur de Birmania y mató a 140.000 personas, casi todos modestos campesinos.
El 2005, el huracán Katrina asoló una de las ciudades más emblemáticas de Estados Unidos, New Orleans, causando daños materiales por 75 mil millones de dólares y provocando la muerte a 1.836 personas. Los científicos avizoran que nuevas catástrofes se avecinan porque las condiciones de vida en el planeta se deterioran a medida que la explotación industrial va copando las sociedades.
El hombre con su estúpida creencia de ser el centro de la tierra está creando las condiciones para su desaparición. La explotación indiscriminada de los recursos naturales, tal como lo promueve el gobierno en la selva peruana, pone en riesgo la existencia de las distintas formas de vida.
Es por ello que el mundo observa absorto el auge de catástrofes cada vez más frecuentes en el planeta, incluidas las pandemias. Todo ello tiene que ver con la acción del hombre, que en las últimas décadas se dedicó a destruir lo mejor de la naturaleza, con la vana pretensión de variar el entorno en el que vivía para “promover el progreso”.
De ese modo generó el calentamiento global provocado por el uso intensivo de combustibles fósiles y otros procesos industriales, originando, a la vez, el descongelamiento de las nieves y la inestabilidad de los suelos.
Así ingresamos a un shock en cadena. Al calentarse las regiones templadas se incrementan enfermedades y parásitos que no son comunes, afectando a millones de personas que carecen de inmunidad. Paralelamente, aumentan las plagas en la agricultura.
A la par se incrementan las inundaciones y disminuye la disposición de agua potable para las necesidades básicas como para la producción de energía eléctrica. Y, al reducirse la humedad, aumentan las posibilidades de incendios forestales.
Considerando que los ecosistemas dependen de un balance de suelo, lluvia y temperatura para su existencia, estos cambios alteran los ecosistemas con funestos resultados. Se prevé que la vida silvestre costera tenderá a desaparecer y aumentará la salinidad de los suelos al producirse las variaciones en el nivel del mar. Algunas especies emigrarán, pero la gran mayoría no podrá adaptarse a los cambios y muchas de ellas desaparecerán.
El incremento del nivel del mar y la inundación de zonas costeras (ojo asiduos al balneario Asia), obligará a millones de personas a emigrar, por lo que requerirán alimentación, vivienda, servicios de salud, mantenimiento, etc. en las nuevas regiones donde se trasladen.
Pero ¿cómo llegamos a esta situación? O mejor, ¿porqué el hombre moderno, tan cosmopolita él, no llegó a comprender esta verdad que era el centro de conocimiento de los sabios de las viejas culturas?
Un conocimiento que señalaba que la totalidad de los seres vivos del planeta forma una entidad viva, donde cada elemento es necesario para el correcto funcionamiento del mundo, un equilibrio que hacía posible la existencia de las distintas formas de vida.
Hace varios años James Lovelock desarrolló la Hipótesis Gaia, según la cual el ser humano ha modificado el equilibrio en la Tierra, poniendo en riesgo a todas las formas de vida y colocándolas al borde de la extinción. De acuerdo a su tesis, la desaparición de los organismos vivos provoca cambios en el frágil equilibrio planetario, con sus lluvias, desiertos, corrientes marinas, vientos, floración y curso de los ríos.
El hombre en su torpe empeño de cambiar el curso de la naturaleza transformó las condiciones de existencia, al punto que Lovelock considera que hemos cruzado ya el punto del no retorno y alterado de tal manera los sistemas de equilibrio que es cuestión de tiempo que la vida, tal y como la conocemos, desaparezca.
Esto no quiere decir que todo vestigio de vida se esfume, pero sí que desaparecerán muchas especies y otras, como el hombre, deberán luchar por adaptarse a los cambios que sucederán.
Tendremos que adaptarnos a la desaparición de los bosques, al surgimiento de nuevos desiertos, a la elevación del nivel del mar y a la extinción de los casquetes polares.
La raíz de esta tragedia la encuentra Lovelock en una palabra que fue bendita por muchos, incluido el inefable Alan García: el desarrollo. Para el autor de “La venganza de la tierra” no es posible seguir abogando por el desarrollo porque el consumo de energía daña la Tierra y hay que frenarlo, si todavía queremos sobrevivir.
Lovelock no cree que la humanidad desaparezca, pero sí que habrá millones de bajas. Con el crecimiento del nivel del mar, muchas ciudades serán sepultadas bajas las aguas. La temperatura será mayor, el sol calentará con más fuerza y la gente morirá por millares como ocurrió en Francia en el verano de 2003. Los recursos se verán limitados, la tierra no se dará abasto para satisfacer a los futuros ocho mil millones de personas.
Los signos del calentamiento global indicaron hace tiempo que había que dejar de maltratar a la tierra, no talar tantos árboles, contaminar menos la atmósfera, reducir la dependencia del petróleo y hacer las cosas de otra manera…
Lovelock defiende como alternativa la energía nuclear. Aboga por ella, debido a que genera menos residuos y ocupa mucho menos espacio que los derivados de la quema de fósiles. Además es “la única fuente de energía que satisfará nuestra demanda sin suponer una amenaza para Gaia ni interferir en su capacidad para mantener el clima y una composición atmosférica adecuadas para la vida”, señala.
Lovelock rechaza la propuesta del uso de biocombustibles para reemplazar al petróleo. Eso porque para producir los biocombustibles tendríamos que multiplicar por seis la superficie que actualmente dedicamos a la agricultura, cosa que alteraría el equilibrio del planeta. Él propone, por el contrario, reducir la superficie cultivada del planeta, sintetizando alimentos para animales de granja. Los biocombustibles, dice, serían interesantes si se obtuviesen de residuos vegetales.
Efraín Rúa
Editor Mundo