21-01-2010
En memoria de los ecologistas Marcelo Rivera, Ramiro Rivera y Dora Sorto (8'47")
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21-01-2010
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Buscaba el cubano los sentimientos de sus oyentes, y les sacudía su orgullo por la patria grande fundada de un golpe formidable que abarcó más de un cuarto de siglo, justamente cuando aquellos que le escuchaban se reunían en la capital de Estados Unidos, convocados por el gobierno de ese país para establecer los mecanismos de su hegemonía.
Sabía muy bien Martí que continuaba entonces, a finales del siglo XIX, la batalla emancipadora, o, más bien, que se desenvolvía bajo los nuevos contextos definidos por el desborde del naciente imperio. De ahí, pues, que el orador recurriera al tema de la primera independencia, alcanzada, según él, gracias a la unidad y a la decisiva presencia de las masas populares (los indios, los rotos, los cholos, los negros, los gauchos, los araucos indomables, nos dice Martí), factores ambos —unidad y masas populares— imprescindibles para la nueva etapa que comenzaba.
No fue clase de historia aquel discurso llamado “Madre América”, sino fino, previsor y hondo análisis político sustentado en la interpretación de la historia, el entregado por aquel reconocido escritor y periodista que renovaba nuestra lengua, que estaba cambiando la sensibilidad literaria y que estaba transformando los paradigmas y las perspectivas al uso dentro del pensamiento latinoamericano.
José Martí, quien había proclamado en 1881 ante la clase ilustrada caraqueña su voluntad de escribir con la independencia antillana la última estrofa del gran poema de 1810, ya comprendía que las islas soberanas de Cuba y Puerto Rico serían los versos iniciales de un nuevo poema de libertad que sostendría sobre bases más justas la independencia continental, el equilibrio entre las dos Américas (la nuestra y la que no es nuestra), y hasta el equilibrio universal. Se trataba, decía, de “desatar a América y de desuncir al hombre”, de luchar por toda la justicia y no sólo por una parte de ella. Era, pues, en la conciencia de Martí, la hora de declarar la segunda independencia, esa aún no alcanzada, por la que bregamos ahora con paso acometedor y que enfrenta cada vez más la ofensiva enemiga del imperio del Norte.
La memoria, se dice mucho ahora, es elemento indispensable del alma de los pueblos, de su cultura e identidad. Y la memoria histórica no es cosa meramente de historiadores, sino de la conciencia social en pleno, destacadamente de los productores de la cultura artística y literaria. La independencia tuvo sus canciones, sus relatos, sus imágenes, sus símbolos incluso antes que su historia. Todos ellos dieron carne y sangre a los acontecimientos y forman parte de aquella historia, de nuestra conciencia y de nuestro presente. Estamos obligados entonces a saber de ellos y a explicárnoslos mejor en todas sus magnitudes y en todos sus alcances para así poder conservar esa memoria.
Como Martí, necesitamos aprehender aquel proceso para asumir nuestro presente, que goza de señales promisorias y a la vez indica peligros crecientes. Hay que montar a caballo otra vez para la acción unida, concertada en avance incontenible ante las nuevas y viejas dependencias y dominaciones. Nuestra madre América necesita del protagonismo popular para efectuar la verdadera y final independencia, la que nos haga marchar por nuestras propias avenidas y en función de nuestros intereses.
No olvidemos, no podemos olvidar. Haití, aplastado en la hora actual por la tremenda tragedia del sismo, fue nada más y nada menos que el iniciador del proceso liberador mediante una revolución social que exterminó la esclavitud que puso a temblar a las metrópolis y a las oligarquías esclavistas. Cuando proclamó su independencia, Haití corrió todos los riesgos que implicaba la solidaridad práctica con los patriotas del continente y únicamente pidió a cambio la abolición de la esclavitud. Se llegó a la victoria de Ayacucho porque antes hubo una revolución haitiana. Aprisa ahora nuestra América, a salvar a Haití.
No olvidemos, no podemos olvidar. Puerto Rico sigue siendo colonia, a pesar de que Bolívar quiso liberarla junto a Cuba, de que Martí creó el Partido Revolucionario Cubano con la misión de fomentar y auxiliar la independencia boricua, de que sus próceres mayores —Hostos y Betances— inscribieron en nuestra América el afán por Borinquen libre, de que Pedro Albizu Campos se alzó para que la bandera de la estrella solitaria sobre el triángulo azul representase al estado soberano desprendido de Estados Unidos.
No olvidemos, no podemos olvidar. Centroamérica no pudo mantenerse unida como quiso Morazán, y ahora hemos visto en Honduras la vuelta de las fuerzas diluyentes y hostiles de los nuevos intentos por caminar hacia la actuación unida en la región.
No olvidemos. No podemos olvidar a nuestros héroes: al cura Hidalgo que amaba a los indios; a Morelos, que quería abolir la esclavitud tanto como los privilegios; a Miranda, que murió en el castillo húmedo haciendo planes para el estado continental; a Artigas, que dio tierras a la gauchada; a San Martín, que cruzó los Andes con negros, indios y blancos de toda la región del Plata; a Bolívar, incansable y empeñoso que inventó a Colombia, que creía en el poder moral y que supo que éramos otros, un pequeño género humano; y a Manuelita, la trasgresora, la combatiente.
No olvidemos. No podemos olvidar a los millones de mujeres y de hombres que desde Tejas hasta el cabo de Hornos, con aquella pelea enorme, dieron nacimiento a América Latina, a nuestra América, desde aquella América imperial de virreinatos, audiencias, inquisición y capitanías generales.
Admirados y emocionados, inscribamos el bicentenario de la primera emancipación en este presente prometedor, con sagacidad de amauta, con rebeldía de cimarrones, con orgullo de latinoamericanos, el mismo orgullo noble que animaba a José Martí aquel frío día de diciembre de 1889 cuando leyó su discurso.
Oigamos entonces nuevamente la palabra nerviosa y acerada de José Martí en la sala neoyorquina donde reunió a los oyentes de “Madre América”: “¿Qué sucede de pronto, que el mundo se para a oír, a maravillarse, a venerar? ¡De debajo de la capucha de Torquemada sale, ensangrentado y acero en mano, el continente redimido! Libres se declaran los pueblos todos de América a la vez. Surge Bolívar, con su cohorte de astros. Los volcanes, sacudiendo los flancos con estruendo, lo aclaman y publican. ¡A caballo la América entera! Y resuenan en la noche, con todas las estrellas encendidas, por llanos y por montes, los cascos redentores.”
¡A caballo la América entera para terminar la bicentenaria obra emancipadora!
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La habitabilidad material del mundo es sobre todo una cuestión de confianza. La pugna y la sospecha son siempre secundarios o reactivos; y la economía y la política, que determinan su curso, explotan la credulidad constructiva de una humanidad a la que sorprenden una bombilla fundida y una cañería vacía, pues esperamos ingenuamente que se encienda la luz al presionar el interruptor y salga agua al abrir el grifo. Todo se sostiene con una cierta estabilidad, y todo se reproduce con una cierta continuidad, gracias a la ilusión individual de que, mientras nosotros dudamos, el otro sabe lo que se trae entre manos; y de que, si nosotros confeccionamos chapuzas provisionales, nuestro compañero, nuestro vecino, nuestro fontanero, saben bien lo que se hacen. Estamos seguros de que los padres saben cuidar a sus hijos, de que el paseante no nos va a mentir si le preguntamos la hora, de que el médico quiere curarnos, de que el puente no va a caerse, de que la silla va a soportar nuestro peso, de que el picaporte va a ceder a nuestro empuje. Si Gian Battista Vico, el filósofo italiano dieciochesco, tenía razón y “sólo conocemos de verdad lo que nosotros mismos hacemos”, hay que admitir que nuestra vida cotidiana consiste -y sólo es posible por ello- en una radical confianza en lo desconocido, en una fe ciega en millones de desconocidos que han levantado nuestras casas, instalado nuestros teléfonos, fabricado nuestros coches, construido nuestras carreteras (y preparado, desde que somos pequeños, nuestras comidas, remendado nuestros vestidos, curado nuestras heridas).
La confianza es lo primero. Y la primera confianza tiene que ver con la naturaleza. Confiamos en que volverá a salir el sol, en que el suelo no desaparecerá bajo nuestros pies, en que el aire llegará a nuestros pulmones, en que las montañas no se vendrán abajo, en que el agua correrá entre los guijarros del torrente.
Puede parecer de entrada paradójico, pero lo contrario de la confianza es la religión, al menos en sus versiones extremas, que son muchas veces laicas. El cristianismo -al igual que el resto de las doctrinas cosmofóbicas- sospecha de las apariencias; es decir, de las cosas que aparecen; es decir, de las cosas que parecen ellas mismas: el mundo es una pantalla donde se proyectan sólo sombras y los objetos que introduce vanidosamente el hombre deben ser disueltos en el único principio constituyente: Dios. Esta primacía mística del “momento constituyente” es compartida por la religión y por el capitalismo y algunas veces ha sido y sigue siendo reivindicada también por la izquierda. El Marx juvenil, por ejemplo, confundía “cosificación” y “fetichismo” y condenaba, como Kohelet y San Jerónimo, los objetos manufacturados mismos como fuente de alienación negativa. Pero no hay nada malo en “alienar”, ni siquiera industrialmente, nuestro trabajo vivo; no hay nada malo en que la energía biológica o mental se “cosifique” para convertirse precisamente en “cosa”: una silla, un coche, un puente, una ley, una institución. Una parte de la izquierda, en nombre de la participación, contra la idea de “representación”, insiste en el carácter liberador de los procesos inacabados, de las obras en construcción, de las criaturas siempre crudas que hierven y hierven sin terminar nunca de hacerse.
El peligro no es la confianza en lo desconocido, la confianza en los desconocidos. Esa debe seguir siendo la base de un mundo cuya división del trabajo y complejidad tecnológica, con independencia de su orientación económica, nos pone cada vez más a merced de los otros. Entre la arqueología y la biología, está la sociedad, compuesta a partes iguales de cosas hechas y cosas por hacer, de decisiones ya tomadas y decisiones por tomar. La ciencia tiene que estar siempre en construcción; una casa no. La vida -la lucha misma- tiene que estar siempre sin hacer del todo: una camisa o un cuento no. Los científicos más rigurosos confían en los albañiles que han levantado las cuatro paredes de su laboratorio y los revolucionarios más incansables confían en que el guiso que cuecen en el fogón estará preparado antes del triunfo de su causa. No me parece mal que el trabajo vivo de los zapateros se convierta -el más hermoso cuento de hadas- en zapatos; no me parece mal que nuestros zapatos los haga un zapatero y nuestras casas un albañil y nuestras lavadora un obrero especializado. Lo que me parece mal -lo que está mal- es que el zapatero, el albañil y el obrero no sean dueños de sus cuerpos, de sus instrumentos de trabajo, de sus cabezas y, por lo tanto, del tiempo necesario para desconfiar, no de los fontaneros, los electricistas y los mecánicos, sino de las causas de esta privación. No me parece mal que la libertad viva de los ciudadanos -la magia más maravillosa- se convierta en leyes, instituciones y parlamentos. Lo que me parece mal -lo que está mal- es que nuestras leyes no nos defiendan, nuestras instituciones no nos protejan y nuestros parlamentos no nos representen y que, por este motivo, hayamos acabado desconfiando, no de sus secuestradores, sino de la política misma. Y que precisamente por eso hayamos aceptado convertir en una “especialidad” lo que, al contrario de lo que ocurre con las naves y los zapatos y según el reparto que hizo Zeus de los saberes in illo tempore, es la única cosa -la política- que todos podemos conocer y que no debemos dejar en manos de desconocidos.
El capitalismo se reproduce socialmente, en la medida en que todavía es sociedad , gracias a la confianza radical de los humanos en las cosas visibles y en los desconocidos invisibles que las han hecho. Debemos proteger esa confianza para tiempos mejores y protegerla precisamente de una fuerza siempre constituyente, siempre destituyente, que disuelve sin parar todo lo visible, que desacredita y vuelve amenazadores a los desconocidos y que, por eso mismo, cuestiona los fundamentos mismos del mundo y su supervivencia. Hoy -como lo prueba la inútil y agorera cumbre de Copenhague- está a punto de ocurrir lo más increíble: que dejemos de creer no sólo en la hora que marcan nuestros relojes y en las medicinas que prescriben nuestros médicos sino también, más radicalmente aún, en la estabilidad de la tierra, en la seguridad del aire y hasta en la próxima salida del sol.
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21-01-2010
Esta nueva aventura imperial disparada por el terremoto del pasado 12 de enero, nos tomó por sorpresa a todos -menos a Estados Unidos-.
Y como no podía ser de otra manera, el ejército cultural del sistema (medios de comunicación) pone todos sus esfuerzos en disfrazar de operación humanitaria esta nueva invasión militar y política.
Este es el renovado escenario de una guerra mediática en la que se manejan 3 ejes principales:
La presencia militar de EE.UU. en Haití es para brindar ayuda humanitaria a un pueblo castigado.
En Haití hay caos y por ende deben imponerse el orden y la disciplina.
Los marines son los únicos capaces de hacerlo, ya que, el resto de países nucleados en torno a la misión militar de la ONU (MINUSTAH) no están a la altura de las circunstancias.
Veremos algunos ejemplos que sustentan estos ejes basados en el monitoreo de 2 medios participantes habituales en las campañas mediáticas norteamericanas: CNN y el diario El País de España.
El periódico madrileño titula el lunes 18 a última hora:
"EE UU llega a Haití para imponer el orden". (Ejes 2 y3)
En el subtítulo, el enviado Pablo Ordaz dice: "Las tropas estadounidenses lanzan a su llegada a Puerto Príncipe el mensaje que la misión de la ONU no había logrado transmitir en siete días: Ya estamos aquí. Y os vamos a ayudar". (Eje 3)
El día martes la noticia seguía colgada pero el subtítulo había cambiado, ahora podía leerse que "ante la inoperancia de Naciones Unidas, el pueblo haitiano se encomienda a Estados Unidos para huir del desastre y del hambre". (Eje 3)
Esta visión es desmentida por un sensato enviado de CNN, Kart Penhaul, quien, el martes por la tarde, se atreve a reportar desde Puerto Príncipe lo siguiente:
"Esta llegada de las tropas norteamericanas no ha sido vista con buenos ojos por la totalidad de la población. Hemos hablado con algunas personas en las multitudes haitianos (sic) que dicen por qué están llegando hombres con fusiles cuando lo que necesitamos es comida, agua y medicinas. Esa es una opinión repetida por algunos de los médicos aquí en el hospital quien dicen por qué pudieron traer nueve helicópteros llenos de tropas, más no de medicina vital que necesitan en este momento".
Pero, para ese momento, la sede de CNN en Atlanta manejaba otro discurso, demasiado parecido al oficial del gobierno estadounidense.
Cuando terminó el reporte de Penhaul, intervino la presentadora Glenda Umaña quien justificó la intervención estadounidense: "También se están encargando de la seguridad, sería una de las razones por las cuales tienen que llegar armados. Muchas gracias Kart Penhaul, uno de nuestros enviados especiales". (Eje3)
No es ésta la única evidencia de la imposición de una política informativa tendiente a justificar la intervención militar.
Minutos antes, la misma presentadora, leía uno de los titulares del informativo: "Decenas de infantes de marina estadounidenses llegan con agua y alimentos para ayudar a los haitianos". (Eje 1)
Ante este titular, es de esperar una imagen de algún asistente marine salvador repartiendo insumos entre la castigada población haitiana, pero no, lo que podía observarse era a un soldado armado con un fusil y en posición de combate.
Esa imagen debió titularse: "Decenas de infantes de marina estadounidenses ocupan Haití y se preparan para combatir a las víctimas del terremoto". Algo que se acercaría más a la realidad después de amenazas como las del Comandante de la Costa Guardia de EE.UU, Christopher O'Neill, que advirtió que el objetivo "es interceptar en el alto mar y repatriar" a los haitianos que intenten salir del país.
La siguiente entrega de la cadena fue conducida por Daniel Viotto, durante la misma entrevistó al primer ministro Jean Max Bellerive.
La intención del periodista (y de la cadena) nuevamente era justificar la invasión estadounidense en base al caos reinante. Esta fue la segunda pregunta realizada por el conductor:
"Le preguntaba la cuestión del control en su país, no sólo en lo que se refiere a tareas de asistencia y rescate de personas y comenzar a recuperar al país de esta catástrofe sino lo que hemos visto en estos últimos días, gente saqueando negocios, actos de violencia y vandalismo en las calles, entre medio de los escombros y la presencia de numerosos efectivos militares de Estados Unidos que están llegando en estas horas a Puerto Príncipe, ¿esto puede darnos una idea que Haití necesita fuerzas extranjeras para mantener el orden en el país?". (Ejes 2 y 3)
En la misma línea de justificar el control militar de Puerto Príncipe, el enviado especial de El País, publica el martes por la tarde: "Las tropas de EE UU asumen el control de Haití para garantizar la ayuda humanitaria". (Eje 1)
Otro titular del mismo martes informaba: "EE UU exhibe fortaleza aérea pero la principal ayuda llegará por mar". (Eje 3)
¿Fortaleza aérea? ¿Contra quién combate Washington en Haití?
El pasado 16 de enero Hillary Clinton, acompañada por el Director de la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional (USAID), Rajiv Shah, llegó a Puerto Príncipe en un avión militar estadounidense para entrevistarse con el presidente Préval. Firmaron algún "acuerdo" y, poco después, la Fuerza Aérea de Estados Unidos comenzó a controlar el tráfico en el aeropuerto internacional de Puerto Príncipe, posteriormente, el Palacio de Gobierno, el Parlamento y otras instalaciones estratégicas de la capital Puerto Príncipe.
Se han desplegado, en esta operación "humanitaria", un total de 10.000 soldados estadounidenses, dos mil de la Unidad Anfibia de la Marina y de la 82 División Aerotransportada, un buque de asalto anfibio USS Bataan (LHD 5), barcos de desembarco USS Fort McHenry (LSD 43) y USS Carter Hall (LSD 50), el portaaviones USS Carl Vinson con buques de apoyo, el buque hospital USNS Comfort, helicópteros de los Guardacostas y otros navíos militares.
Con todo este impresionante despliegue militar, el miércoles 20, lo que se intentó montar fue una maniobra de distracción para que los medios no siguieran hablando de la intervención militar estadounidense.
El agente de la CIA y secretario de Defensa estadounidense Robert Gates, ofreció una conferencia de prensa desde la India para informar de que su país enviará buques adicionales para ayudar en la reconstrucción de Haití.
Es una típica operación de inteligencia orquestada por Gates, reclutado por la CIA a fines de la década del 60. El actual secretario de Defensa trabajó por esa época como analista de inteligencia a tiempo completo. En la década de los 80 fue subdirector de la Central de Inteligencia y a principios de los 90 director. Se trata de un especialista en este tipo de operaciones.
Con esta nueva operación, la noticia deja de ser el despliegue militar y se concentra en la ayuda humanitaria. El Pentágono -que lidera Gates- reforzó esta matriz al informar el mismo miércoles sobre la llegada a costas haitianas del hospital naval Comfort. Así se fortalece el trascendental (Eje 1) con resultados concretos.
CNN abrió su noticiero de la mañana, otra vez, en la línea exacta emanada desde el Pentágono con el presentador Carlos Montero : "Queremos comenzar esta media hora de Haití en una jornada donde se espera en las próximas horas la llegada del hospital naval Comfort, un hospital naval estadounidense para atender a los miles de damnificados".
Estos ejemplos fueron observados en un lapso de apenas 48 horas y son una evidencia más de la falta total de independencia informativa y rigurosidad periodística.
Sobre el papel de las tropas estadounidenses en Haití, el relato periodístico más logrado lo debe haber hecho alguien que no es periodista, el vicepresidente boliviano, Álvaro García Linera, quien el pasado lunes recorrió las calles de Puerto Príncipe: "… que no salva vidas, que no lleva alimentos, que no levanta los escombros, que no recoge cadáveres, sino que simplemente está ahí para hacer una presencia militar y nuestro temor es que esa presencia militar quiera convertirse en permanente".
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